JOSE PEDRONI
LAS MALVINAS
|
|
Tiene las alas salpicadas de islotes,
es nuestra bella del mar.
La Patria la contempla desde la costa madre
con un dolor que no se va.
Tiene las alas llenas de lunares,
lobo roquero es su guardián.
La patria la contempla.
Es un ángel sin sueño
la patria junto al mar.
Tiene el pecho de ave sobre la honda helada.
Ave caída es su igual.
El agua se levanta entre sus alas.
Quiere y no puede volar.
El pingüino la vela.
La gaviota le trae cartas de libertad.
Ella tiene sus ojos en sus canales fríos.
Ella está triste de esperar.
Como a mujer robada le quitaron el nombre:
lo arrojaron al mar.
Le dieron otro para que olvidara
que ella no sabe pronunciar.
El viento es suyo; el horizonte es suyo.
Sola, no quiere más,
sabe que un día volverá su hombre
con la bandera y el cantar.
Cautiva está y callada. Ella es la prisionera
que no pide ni da.
Su correo de amor es el ave que emigra.
La nieve que cae es su reloj de sal.
Hasta que el barco patrio no ancle entre sus alas,
ella se llama Soledad.
|
En esta página haremos conocer aquellas poesías y/o los poetas que trascendieron a través de los tiempos y la historia
miércoles, 10 de junio de 2015
JOSE PEDRONI LAS MALVINAS
ARMANDO TEJADA GÓMEZ: CHE BUENOS AIRES
ARMANDO TEJADA GÓMEZCHE BUENOS AIRES |
|
Amanecí de niebla en los
andenes.
Dicen que con la luna a las espaldas. No sé en qué viento vine. Te traía ese polvo tenaz, esa distancia agreste y cereal como la tierra donde recobras tu paloma diaria. Toqué tu aroma gris. Crucé el tumulto incorporándolo al sonido de mi sangre. Empuñé el viejo amor. Entré a la lluvia y me volví guitarra en tu regazo. Dicen que desperté como naciendo con todo el sol en vilo en las pestañas, que salí a conocerte en las esquinas donde ya eras leyenda, puro tango, porque anduve de olvido y fui tu ausencia durante mucho hueso y mucho llanto y teníamos tanto que decirnos! tanto país doliendo que contarnos! Andabas multitud, cálido río de muchedumbre mía y navegante, pero te busqué el rostro donde sueñas y me quedé en tus ojos a soñarte. Te averigüé la vida y era urgente compartir el insomnio en un estaño, discutir ese asunto del otoño, demorarme en tu vino mano a mano hasta fundar esa alegría lenta que arde en la sal más fuego de una lágrima desde donde se crece a la ternura porque uno es hombre así, che, Buenos Aires. Se dio el amor. Andaba entre la gente como una flor perdida entre los pájaros. Lo vi cruzar crepúsculos y esquinas llevándose la tarde de la mano. Jugándose en las calles. Combatiendo por el íntimo pan y el trecho de alba. Todo el amor se dio incesantemente y yo lo vi estallar en sudestada. Después me preguntaste: ... qué hay del aire y ese color Oeste del verano? En qué cañaveral, aún gimiendo, anda la suerte pobre de la Patria? Qué árboles recuerdas? Qué camino pisa la dura copla que me cantas? Cómo quedó tu madre? Siempre cobre bajo la luz enorme y camarada? Se crece allá? Perdura lo profundo? sigue subiendo el sol a nuestra causa? Qué traes en los ojos? Cómo ejerces tu oficio de badajo y de campana? -Vos siempre de país...! -Siempre andariego! -Sacate el viento... -La camisa agraria. -Es hora que hagás sombra por Boedo donde una luna bandoneón te aguarda... Entonces, me quedé a contarte el viento y a saberme tus vidas y milagros, fundé la casa al sur con mi Gloriana, un grillo Glorianita y otro Paula. No sé por cuánto tiempo. No sabemos qué tiempo de vivir es necesario para serte guitarra, canto tuyo crecido en el tumulto de tu canto. De noche, suelo caminar tus lunas. Dicen que ando de niebla... No hagas caso. |
martes, 9 de junio de 2015
GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA “Amor y Orgullo”
GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA “Amor y Orgullo” |
||
|
Un tiempo hollaba
por alfombras rosas;
Y nobles vates, de mentidas diosas Prodigábanme nombres; Mas yo, altanera, con orgullo vano, Cual águila real al vil gusano Contemplaba a los hombres.
Mi pensamiento —en
temerario vuelo—
Ardiente osaba demandar al cielo Objeto a mis amores: Y si a la tierra con desdén volvía Triste mirada, mi soberbia impía Marchitaba sus flores.
Tal vez por un
momento caprichosa
Entre ellas revolé, cual mariposa, Sin fijarme en ninguna; Pues de místico bien siempre anhelante, Clamaba en vano, como tierno infante Quiere abrazar la luna.
Hoy, despeñada de
la excelsa cumbre,
Do osé mirar del sol la ardiente lumbre Que fascinó mis ojos, Cual hoja seca al raudo torbellino, Cedo al poder del áspero destino. . . ¡Me entrego a sus antojos!
Cobarde corazón,
que el nudo estrecho
Gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho Tu presunción altiva? ¿Qué mágico poder, en tal bajeza Trocando ya tu indómita fiereza, De libertad te priva?
¡Mísero esclavo de
tirano dueño;
Tu gloria fue cual mentiroso sueño, Que con las sombras huye! Di ¿qué se hicieron ilusiones tantas De necia vanidad, débiles plantas Que el aquilón destruye?
En hora infausta a
mi feliz reposo,
¿No dijiste, soberbio y orgulloso: —Quién domará mi brío? ¡Con mi solo poder haré, si quiero, Mudar de rumbo al céfiro ligero Y arder al mármol frío!—
¡Funesta ceguedad!
¡Delirio insano!
Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano Te advirtió tu locura! Tú misma te forjaste la cadena, Que a servidumbre eterna te condena, Y a duelo y amargura.
Los lazos
caprichosos que otros días
—Por pasatiempo— a tu placer tejías, Fueron de seda y oro; Los que ahora rinden tu valor primero Son eslabones de pesado acero, Templados con tu lloro.
¿Qué esperaste ¡ay
de ti! de un pecho helado,
De inmenso orgullo y presunción hinchado, De víboras nutrido? Tú —que anhelabas tan sublime objeto— ¿Cómo al capricho de un mortal sujeto Te arrastras abatido?
¿Con qué velo tu
amor cubrió mis ojos,
Que por flores tomé duros abrojos Y por oro la arcilla? . . . ¡Del torpe engaño mis rivales ríen, Y mis amantes ¡ay! tal vez se engríen Del yugo que me humilla!
¿Y tú lo sufres,
corazón cobarde?
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde, Quieres ver' en mi frente El sello del amor que te devora? . . . ¡Ah! velo, pues, y búrlese en buen hora De mi baldón la gente.
¡Salga del pecho
—requemando el labio—
El caro nombre, de mi orgullo agravio, De mi dolor sustento! ¿Escrito no le ves en las estrellas Y en la luna apacible, que con ellas Alumbra el firmamento?
¿No le oyes, de las
auras al murmullo?
¿No le pronuncia —en gemidor arrullo— La tórtola amorosa? ¿No resuena en los árboles, que el viento Halaga con pausado movimiento En esa selva hojosa?
De aquella fuente
entre las claras linfas,
¿No le articulan invisibles ninfas Con eco lisonjero? . . . ¿Por qué callar el nombre que te inflama, Si aún el silencio tiene voz, que aclama Ese nombre que quiero?
Nombre que un alma
lleva por despojo;
Nombre que excita con placer enojo, Y con ira ternura; Nombre más dulce que el primer cariño De joven madre al inocente niño, Copia de su hermosura:
Y más amargo que el
adiós postrero
Que al suelo damos, donde el sol primero Alumbró nuestra vida. Nombre que halaga y halagando mata; Nombre que hiere —como sierpe ingrata— Al pecho que le anida.
¡No, no lo envíes,
corazón, al labio! . . .
¡Guarda tu mengua con silencio sabio! ¡Guarda, guarda tu mengua! ¡Callad también vosotras, auras, fuente, Trémulas hojas, tórtola doliente, Como calla mi lengua! |
||
FRANCISCO DE QUEVEDO “Poderoso caballero Es don Dinero” LETRILLA SATÍRICA
Madre, yo al oro me
humillo:
El es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado,
De contino anda amarillo;
Que pues, doblón o sencillo,
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Nace en las Indias
honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Es galán y es como un
oro,
Tiene quebrado el color,
Persona de gran valor,
Tan cristiano como moro;
Pues que da y quita el decoro
Y quebranta cualquier fuero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Son sus padres
principales
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son reales:
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
¿A quién no le
maravilla
Ver en su gloria sin tasa
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Sus escudos de armas
nobles
Son siempre tan principales,
Que sin sus escudos reales
No hay escudos de armas dobles;
Y pues a los mismos robles
Da codicia su minero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Por importar en los
tratos
Y dar tan buenos consejos,
En las casas de los viejos
Gatos le guardan de' gatos.
Y pues él rompe recatos
Y ablanda al juez más severo,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Es tanta su majestad
(Aunque son sus duelos hartos)
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad;
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Nunca vi damas
ingratas
A su gusto y afición,
Que a las caras de un doblón
Hacen sus caras baratas.
Y pues las hace bravatas
Desde una bolsa de cuero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Más valen en cualquier tierra,
Mirad si es harto sagaz,
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
domingo, 7 de junio de 2015
RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN "COSAS QUE OCURRIERON EL 17 DE OCTUBRE"
RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN"COSAS QUE OCURRIERON EL 17 DE OCTUBRE" |
|
EL AUTOMÓVIL se
lanzó a la carrera con un ronquido impresionante.
El Intendente visitó esta tarde los barrios obreros húmedos y rencorosos. A los 20 años sólo creíamos en el arte, sin la vida, sin la revolución. Volveremos a las usina, al olor de la multitud y los descarrilamientos. A las 5.7 estalló una bomba frente al Banco de Boston. A las 5.17 el tranvía cayó al Riachuelo. El Restaurant Reis queda en Río de Janeiro. ¿Nise o Nice, se llamaba la mujer de Mario Magalhaes? El tranvía escapaba por el morro la oruga tierna, luminosa. Pero al fin se dio vuelta en el recodo y se perdió. Y así se perdió y así se pierde casi todo en el mundo. Cuando volví mis viejos compañeros habían desaparecido. Los niños juegan en la alfombras y ellos no saben nada; por los ojos les entra la página del Veo y Leo. ("¡Fuego, fuego! La casa se quema. Vienen los bomberos"). Los enanos juegan en los calveros de los grandes bosques. HA hecho de mi querida una verdadera camarada. Me bebo un seco de Gordon, bailo un blues, me enamoro de algunas chimeneas y me río de los millonarios. El pobre hombre dijo cuatro palabras y cayó muerto acribillado. El coronel entregó personalmente 5 pesos a cada soldado. Le habían dicho: "Mañana, al alba, será usted fusilado". Los otros condenados aullaron agarrados a las rejas. Tres niñas de la Sociedad van a ser presentadas al Príncipe de Gales. El Parque amaneció cubierto de preservativos. Josefina II ha pasado recién como un silbido. Se acercará al muelle y las lindas muchachas bajarán, de sombrilla. ¡Qué macanudo! ("¡Fuego, fuego! La casa se quema. Vienen los bomberos." "Sofá. Cama. Sopa. Cada nabo soso. La bola va sola.") El hombre fusilado debe estar ya medio destruido en la Chacarita. América Scarfó le llevará flores, y cuando estemos todos muertos muertos, América Scarfó nos llevará flores. |
OLEGARIO VÍCTOR ANDRADE “San Martín”
OLEGARIO VÍCTOR ANDRADE
“San Martín”
|
|
I
No nacen los torrentes En ancho valle ni en gentil colina; Nacen en ardua, desolada cumbre, Y velan el cristal de sus corrientes, Que ruedan en inquieta muchedumbre, Vagarosos cendales de neblina. No bajan de la altura Con tardo paso y quejumbroso acento, Copiando flores, retratando estrellas En el espejo de su linfa pura, Mientras en la lira del follaje, el viento Murmura la canción de sus querellas. Se derraman sin rumbo Por ignotos y lóbregos senderos, Caravanas del ámbito infinito, ¡Cual si quisieran sorprender al mundo Con el fragor de sus enojos fieros, De libertad con el potente grito! Nació como el torrente, En ignorada y misteriosa zona De ríos como mares De grandes y sublimes perspectivas, ¡Do parece escucharse en los palmares El sollozo profundo De las inquietas razas primitivas! Nació como el torrente, Rodó por larga y tenebrosa vía, Desde el mundo naciente al mundo viejo; Torció su curso un día, Y entre marciales himnos de victoria, ¡Desató sobre América cautiva Las turbulentas ondas de su gloria! II Cual tiembla la llanura Cuando el torrente surge en la montaña, La espléndida comarca de su cuna Se estremeció con vibración extraña Cuando nació el gigante de la historia; ¡Y algo como un vagido, Flotó sobre las mudas soledades En las alas del viento conducido! Lo oyó la tribu errante Y detuvo su paso en la pradera; Vibró, como una nota, De la selva en las bóvedas sombrías, Flébil nota de místicos cantares, Y el Uruguay se revolvió al oírla, En su lecho de rocas seculares. El viejo misionero Que en el desierto inmensurable abría Con el hacha y la cruz vasto sendero, ¡Tembló herido aquel día, De indefinible espanto, Cual si sentido hubiese en la espesura El eco funeral del bronce santo! El soldado español creyó que oía Cavernoso fragor de muchedumbre; Que los lejanos bosques, que ostentaban Sobre el móvil ramaje El áureo polvo de la hirviente lumbre Del sol en el ocaso, ¡Eran negras legiones de guerreros, Que con acorde y silencioso paso De las altas almenas descendían Chispeando los aceros! ¡Presentimiento informe del futuro! ¡Voz celeste que anima en la batalla Al esclavo que lucha moribundo, Y al opresor desmaya! ¡Pavorosa visión, habitadora De los viejos derruidos monumentos, Que guardan de los siglos la memoria, Y que anuncia a los siglos venideros Los grandes cataclismos de la historia! Aquella voz decía: «Ya nació el salvador, ¡raza oprimida! Ya nació el vengador, ¡raza opresora! Ya la nube del rayo justiciero, Asciende al horizonte rugidora, Y se alza el brazo airado, Que va a rasgar el libro de las leyes De la conquista fiera, ¡Y a azotar con el cetro de sus reyes El rostro de la España aventurera!» III Dejó su nido el águila temprano, ¡Ansiaba luz, espacio, tempestades, Playas agrestes y nevados montes Para ensayar su vuelo soberano! Buscaba un astro nuevo Perdido en los nublados horizontes, ¡Y fue en su afán gigante A preguntar por él al Oceano! ¿Qué se dirán a solas El águila de América arrogante, Mojando el ala en las hurañas olas, Y el hosco mar Atlante, De la alta noche en la quietud sagrada, Y al rumor de la playa estremecida, Escuchando en la atmósfera callada Rodar el mundo y palpitar la vida? Acaso el Oceano Le repitió al oído los cantares De aquel errante cisne lusitano Que estremeció con su dolor los mares; O le dijo más bajo, Con ademán profético y severo: ¡Allá! ¡Tengo guardada, De mi imperio en el límite postrero, Como una nave misteriosa anclada, La roca en que en tiempo venidero Otra águila caudal va a ser atada! No detuvo su vuelo El águila de América arrogante; Iba buscando en extranjero cielo La estrella fulgurante Que soñaba en el nido solitario De la selva uruguaya, Y fue a posarse un día Del mar hesperio en la sonora playa. Tronaba por los montes De la guerrera tempestad la saña, Y vio flotar al viento, Sobre la débil indefensa España, ¡De la conquista el pabellón sangriento! Y el ave americana Soltó de nuevo el turbulento vuelo, Cruzando rauda la extensión vacía ¡Y fue a buscar al águila francesa Entre el estruendo de la lid bravía! Bailén la vio severa Entre el tropel de la legión bizarra Que el suelo de la Patria defendía; ¡Y la marca sangrienta de su garra Quedó estampada en la imperial bandera Conocida de valles y montañas, Que las lindes de un mundo había borrado Sembrando glorias y abortando hazañas! Mas no era aquel el astro que buscaba: No era el rojizo sol de Andalucía, El sol de los ensueños Que con afán inquieto perseguía. Allí un pueblo esforzado reluchaba En la alta sierra y la llanura amena Por sacudir el extranjero yugo, Para amarrar de nuevo a su garganta De los antiguos amos la cadena.– ¡Volvió a tender el vuelo, Cargada de laureles Y entristecida el águila arrogante! Buscaba por doquier pueblos libres, Y hallaba por doquiera pueblos fieles.– Hasta que al fin un día, Vio levantarse en el confín lejano Del patrio río en que dejó su nido De libertad el astro soberano, ¡De libertad el astro bendecido! IV Un mundo despertaba Del sueño de la negra servidumbre, Profunda noche de mortal sosiego, Con la sorda inquietud de la marea.– Y en la celeste cumbre, Las estrellas del trópico encendían Sus fantásticas flámulas de fuego Para alumbrar la lucha gigantea.– Un mundo levantaba La desgarrada frente pensativa Del profundo sepulcro de su historia, Y una raza cautiva Llamaba al Salvador con hondo acento; Y el Salvador le contestó lanzando El resonante grito de victoria Entre el feroz tumulto de las olas Del Paraná irritado, Al sentirse oprimido por las quillas De las guerreras naves españolas.– ¡Fue un soplo la batalla! Los jinetes del Plata, como el viento Que barre sus llanuras, se estrellaron Con empuje violento En la muralla de templado acero; Y se vio largo tiempo confundidas Sobre la alta barranca, Y entre el solemne horror de la batalla, ¡La naciente bandera azul y blanca Y el rojo airón del pabellón ibero! Fue la primer jornada, Del torrente nacido en las sombrías Florestas tropicales; La primera iracunda marejada, Y su rumor profundo Llevado de onda en onda por el viento Del Plata, al Oceano, ¡Fue a anunciar por el mundo Que ya estaba empeñada la partida Del porvenir humano! V Al pie de la montaña, Centinela fantástico que ostenta La armadura de siglos, Que abolió con su masa la tormenta, Fue a sentarse en gigante de la historia, Taciturno y severo, Pensando en la alta cumbre Donde el nombre argentino a grabar iba Con el cincel de su potente acero. La voz que llama al águila en la altura Y el huracán despierta en el abismo, Es la voz de la gloria Que llama a la ambición y al heroísmo; Con misterioso, irresistible acento, Aquella voz que imita Rumores de batalla, Murmullos de laureles en el viento, Himnos de Ossián en la desierta playa. Lo oyó el héroe y la oyó la hueste altiva, Que velaba severa, ¡Soñando con la patria y con la historia, Al pie de la gigante cordillera! Y al sonar de los roncos atambores Largó el cóndor atónito su presa, Y la ruda montaña, conmovida, Doblegó la cabeza ¡Para ser pedestal de esa bandera! VI ¡Ya están sobre las crestas de granito Fundidas por el rayo! Ya tienen frente a frente el infinito: Arriba, el cielo de esplendor cubierto; Abajo, en los salvajes hondonados, La soledad severa del desierto; Y en el negro tapiz de la llanura, Como escudos de plata abandonados, ¡Los lagos y los ríos que festonan De la patria la regia vestidura! ¡Ya están sobre la cumbre! Ya relincha el caballo de pelea Y flota al viento el pabellón altivo, ¡Hinchado por el soplo de una idea! ¡Oh! ¡Qué hermosa, qué espléndida, que grande Es la patria mirada Desde el soberbio pedestal del Ande! El desierto sin límites doquiera, Oceanos de verdura en lontananza, Mares de ondas azules a lo lejos, Las florestas del trópico distantes, Y las cumbres heladas De la adusta argentina cordillera, ¡Como ejército inmóvil de gigantes! ¿En qué piensa el coloso de la historia, De pie sobre el coloso de la tierra? Piensa en Dios, en la Patria y en la Gloria, En pueblos libres y en cadenas rotas; Y con la fe del que a la lucha lleva La palabra infalible del destino, ¡Se lanzó por las ásperas gargantas, Y lo siguió rugiendo el torbellino! VII Débil barrera oponen a su empuje Los arrogantes tercios españoles, De Chacabuco en la empinada cuesta, Que como roja nube centellea Mientras el viento encadenado ruge.– ¿Quién detiene el torrente embravecido Cuando el soplo de Dios lo aguijonea? El torrente llegó, rompió la valla, Y se perdió veloz en la llanura; Y al mirarlo pasar lo saludaron Las nubes agitándose en la altura.– ¡Reguero de laureles! Sólo una vez el sol de su bandera Palideció con fúnebre desmayo: Aquella ingrata noche de la historia, Que cruzó como nube pasajera Barrida por cien ráfagas de gloria. Para borrar sus sombras, encendimos Con corazas y yelmos y cañones, En el llano de Maipo inmensa hoguera ¡A cuya luz brotaron dos naciones! VIII Los vientos de Oceano, Llevaban en sus alas turbulentas A los valles chilenos, Mezclados al rumor de las tormentas, Los lastimeros ecos fugitivos, Que los sauces del Éufrates oyeron Del arpa de los míseros cautivos. Aun quedaba un pedazo De tierra americana, sumergido En la noche de error del coloniaje, ¡Para ser redimido! Aun yacía en oscuro vasallaje Aquel pueblo bizarro, Que cual robles del monte despeñados Con ímpetu sonoro, ¡Vio caer a sus Incas, derribados De su trono de oro Bajo el hacha sangrienta de Pizarro! ¡Sonaron otra vez los atambores! Hinchó otra vez el viento la bandera Que desgarró de Maipo la metralla, Y a la voz imperiosa del guerrero, ¡Bajó la espalda el mar, como si fuera Su bridón generoso de batalla! IX ¡Salud al vencedor! ¡Salud al grande Entre los grandes héroes! Exclamaban Civiles turbas, militares greyes, Con ardiente alborozo, En la vieja ciudad de los Virreyes.– Y el vencedor huía, Con firme paso y actitud serena, A confiar a las ondas de los mares Los profundos secretos de su pena.– La ingratitud, la envidia, La sospecha cobarde, que persiguen Como nubes tenaces, Al sol del genio humano, Fueron siguiendo el rastro de sus pasos A través del Oceano, Ansiosas de cerrarle los caminos Del poder y la gloria, ¡Sin acordarse, ¡torpes! de cerrarle El seguro camino de la historia! X ¡Allá duerme el guerrero, A la sombra de mustias alamedas Que velan su reposo solitario! ¡Ay! No arrullan su sueño postrimero, Como soñó en la tarde de su vida, Los ecos de las patrias arboledas! Allá duerme el guerrero, De extraños vientos al rumor profundo: Los vientos de la historia, Que lloran las catástrofes del mundo; Y acaso siente en la callada noche Pasar en negra y lastimera tropa, Fantasmas de los pueblos oprimidos, ¡Espectros de los mártires de Europa! ¡Cómo tembló la losa de su tumba Y se agitó su sombra gigantea Cuando sintió rugir a la distancia El sangriento huracán de la pelea, Y vio caer exánime a la Francia Bajo los cascos del corcel germano En medio del espanto de la tierra! ¡Ah! Quizá levantó la yerta mano Para ofrecerle en el desastre inmenso, A falta de su espada, ¡La espada de Maipú y de San Lorenzo! XI ¡Un siglo más que pasa! ¡Una ola más del mar de las edades, Una nueva corriente de la historia, Que arrastra a las eternas soledades Generaciones, sueños y quimeras! Hace un siglo recién desde aquel día, Fecundo día de inmortal memoria, Cuando el lejana misteriosa zona, ¡El salvador de América nacía A la sombra de palmas y laureles Que no habían de bastar a su corona! Un siglo nada más; un paso apenas Del tortuoso sendero Que lleva al porvenir desconocido.– Un siglo nada más, y el grito fiero Ya no se oye, del indio perseguido Por la implacable fe del misionero Y la avaricia cruel de sus señores.– Ya ha crecido la hiedra, De Yapeyú en los áridos escombros Que alzan la frente airada De la luna a los lívidos fulgores, ¡Como tremenda maldición de piedra! La aurora de este siglo Nació en los tenebrosos horizontes De un inmenso desierto.– Tribus errantes y salvajes montes, La barbarie doquier; y el fanatismo Fue ascendiendo, ascendiendo, Como un rayo de luz en un abismo, Y al bajar al ocaso, ¡Alumbran su camino Los millares de antorchas del progreso, Del pensamiento al resplandor divino! Ayer, la servidumbre Con sus sombras tristísimas de duelo, Cadenas en los pies y en la conciencia, ¡La sombra en el espíritu y el cielo! Hoy en la excelsa cumbre La libertad enciende sus hogueras, Unida en santo abrazo con la ciencia; Los dos genios del mundo vencedores: ¡La libertad que funde las diademas, Y la ciencia que funde los errores! ¡Milagros de la gloria! Tu espada, San Martín, hizo el prodigio; Ella es el lazo que une Los extremos de un siglo ante la historia, Y entre ellos se levanta, Como el sol en el mar dorando espumas, El astro brillador de tu memoria.– ¡No morirá tu nombre! Ni dejará de resonar un día Tu grito de batalla, Mientras haya en los Andes una roca Y un cóndor en su cúspide bravía.– ¡Está escrito en la cima y en la playa, En el monte, en el valle, por doquiera Que alcanza de Misiones al Estrecho La sombra colosal de tu bandera! |
|
ANDRADE OLEGARIO, VÍCTOR
|
sábado, 6 de junio de 2015
JULIO CORTÁZAR “LA MUFA”
JULIO CORTÁZAR “LA MUFA”
Vos ves la Cruz del Sur,
respirás el verano con su olor a duraznos,
y caminás de noche
mi pequeño fantasma silencioso
por ese Buenos Aires,
por ese siempre mismo Buenos Aires.
Quizá la más querida
Me diste la intemperie,
la leve sombra de tu mano
pasando por mi cara.
Me diste el frío, la distancia,
el amargo café de medianoche
entre mesas vacías.
Siempre empezó a llover
en la mitad de la película,
la flor que te llevé tenía
una araña esperando entre los pétalos.
Creo que lo sabías
y que favoreciste la desgracia.
Siempre olvidé el paraguas
antes de ir a buscarte,
el restaurante estaba lleno
y voceaban la guerra en las esquinas.
Fui una letra de tango
para tu indiferente melodía.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)






